Hacia un consumo inteligente

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por Roberto Lozano

Se realizan cumbres políticas internacionales ante la crisis, se desarrollan congresos de expertos en materia social y económica, se trabaja desde gobiernos y empresas para no deteriorar el planeta, se habla y habla de erradicar el hambre y la guerra en los países empobrecidos… Pero parece ser que nada de esto se soluciona, o no al menos al ritmo que muchos quisiéramos y que este mundo necesita.

Llegamos a casa con un coche alemán, que consume combustible ruso, para sentarnos en un sofá sueco mientras vemos, en una tele japonesa, una serie americana, comiendo galletas integrales belgas en un bol (antes cuenco) made in China, a la vez que en la cocina se guisa cordero inglés con patatas francesas, al rico gas natural argelino.

Efectivamente, la globalización es fantástica, y nos acerca el mundo a nuestro hogar. Eso sí, a un precio que antes no queríamos saber, pero que cada vez conocemos mejor. Desaparecen las subvenciones y exenciones económicas a diferentes sectores. De repente, las cosas cuestan lo que tienen que costar… y lamentablemente ya no las podemos pagar. Sin contar los posibles derechos humanos que no se cumplen en su producción, según el país de origen. Cierto es que generan empleo, eso nadie lo duda, aunque según donde sea, es más esclavitud que trabajo.

Cientos, miles, millones de camiones, barcos y aviones viajan de un continente a otro con más comida, con más electrodomésticos, con más ropa, con más y más objetos y bienes de consumo diario, que solo en su transporte contaminan, consumen recursos escasos y encarecen el precio.

Así, en el empeño de mejorar nuestro bienestar, hemos llegado a una situación un tanto ridícula, olvidando que en nuestro entorno más próximo se fabrican vehículos de calidad, se produce energía sostenible, se diseñan cómodos sofás, se elaboran ricas galletas y se crían corderos y patatas autóctonas, que además necesitan menos piensos y menos cuidados. Es decir, su huella ecológica, su repercusión negativa en nuestra salud y la del planeta, es mucho menor.

No se trata de no disfrutar de productos y servicios generados en otros países, no. Solo se trata de cambiar un poco nuestros hábitos y, por lo tanto, cambiar un poco el sistema y el modelo actual de consumo, haciendo de nuestra vida, de nuestra sociedad, de nuestros pueblos y ciudades, de nuestro paisaje, de nuestro planeta, un lugar mejor, más sano, más justo y más equilibrado.

La decisión está clara, debemos ser activistas e impulsar esta transición hacia una economía y un consumo inteligentes. Merece la pena.

 

Autor: Roberto Lozano Mazagatos, director de la Fundación Oxígeno, y coordinador de AUTÖCTONO.